La mula, esa especie de la que poco se sabe porque poco se cuenta

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Para cuando es más difícil, ahí estará la recua de mulas.

En Paraguay no se dice mulo sino mula. Siendo la mula hembra del mulo, en Paraguay se dice mula incluso al macho, al mulo. Mula es la hija del caballo y de la burra y/o; del asno y de la yegua. 

La costumbre paraguaya no consideraba el uso de este híbrido como montado  para visitar a los parientes, a la novia, concurrir a las carreras, etc. sino para el trabajo y la carga.

El ejército contaba con su propia mulada.

En la guerra contra la Triple Alianza las caballerías usaban mulos y mulas en cantidades importantes. En las memorias de Silvestre Aveiro se lee que el ex fiscal de sangre fue alzado a una mula por orden del general Cámara y llevado cuatro leguas, a Villa Concepción tras la derrota de Cerro Corá.

Las milicias paraguayas adquirían mulas a través del Ministerio de Guerra y Marina. Unas de las compras se hizo por decreto del 6 de mayo de 1920 por cinco cabezas para el servicio de la Primera Zona Militar y que costaron 7.500 pesos de curso legal.

¿Qué hubiera pasado del tesoro de Persépolis que cayó en manos de Alejandro Magno, si en ese momento no contaba con 20.000 mulas para el traslado del botín? Desde luego, estos animales no fueron suficientes por lo que el rey de Macedonia tuvo que recurrir también a la fuerza de 5.000 camellos para vaciar y destruir la magnificencia persa, rememora Ritchie Cálder.

Hablando de historia, un caso que ya tiene siglos pero que frente a la del hijo de Filipo es nueva, refiere a una mula, traída de Perú, muy admirada en Paraguay: la del gobernador Domingo Martínez de Irala que en 1552 era ejemplar único y que terminaría siendo la cabalgadura no solo de él sino también del “impetuoso obispo La Torre”, escribió Fulgencio R. Moreno en su libro La ciudad de la Asunción.

Otro obispo que anduvo mucho al lomo de mulas y caballos fue Juan Sinforiano Bogarín en sus giras pastorales por todo el Paraguay.

Ya que hablamos de sacerdotes y mulas vale añadir lo de San Antonino quién un día vendió su única mula y el dinero de la venta repartió a los pobres. El comprador lo volvió a regalar y varias veces vendió y se lo volvieron a regalar. Esto cuenta el sacerdote Eliécer Sálesman en su libro Vidas de Santos. San Antonino era obispo de Florencia en el siglo XV.

Francisco Antonio Candioti (1748-1815) se llamaba un estanciero entrerriano que criaba mulas para proveer por miles a compradores del Alto Perú. Candioti era un hombre que se hizo de mucha fortuna criando mulas para su exportación anual, en recuas de a cinco mil a seis mil cabezas por vez al oriente de Sudamérica para el acarreo en las minas de Potosí. Sobre este personaje escribió el escocés John P. Robertson en Letters on Paraguay mediante su viaje hacia Asunción en los albores de la independencia política de la nación.

Los primeros transportes públicos de Asunción, los tranvías, eran tirados por una huebra de mulas; por dos, en ciertos casos. Por aquellas décadas inmediatas posteriores a la Guerra contra la Triple Alianza las calles asuncenas eran reinos de mulos y mulas que tiraban de pequeños vehículos carrozados para el uso de señores con levita de casimires ingleses y sombreros de copa y; de mujeres, de basquiñas, miriñaques inmensos, cofia y volantes de tul. Tanta elegancia de los pasajeros reñía con el olor de cagajones que iban dejando las candongas a lo largo de las vías en el triquitraque del viaje.

El escritor español Pio Baroja (1872-1956) pinta en su novela Las noches del buen Retiro una parada madrileña de tranvías tiradas por mulas: “He tardado mucho porque se nos ha parado el tranvía. Había, ¡qué sé yo!, lo menos 300 tranvías detenidos en la calle Alcalá entre la Puerta del Sol y la iglesia de San José (…) ponga usted dos metros entre tranvía y tranvía para las mulas…”.

Aquella Asunción de finales del siglo XIX y principios del XX, tiempo en la que Baroja ubica su ficción literaria, no necesitaba contar con tantos tranvías tirados por mulas por su escasa población.

Gomes Freire Esteves afirma en su Historia contemporánea del Paraguay, 1869-1820 que las primeras cocherías de alquiler de Asunción se establecieron en 1894 ante el ensanche de la ciudad. Desde luego, los coches de alquiler (remoto origen de los taxis automotores) funcionaban mediante las acémilas que pastaban en los prados vecinos.

Las mulas siguen siendo valiosos auxiliares en las tareas ganaderas. De vez en cuando en algunos pueblos se pueden ver a jinetes montados en mulas. El uso de automotores desplazó a los caballos y las mulas como medios de transportes.

Federico García Lorca, José Hernández, Rafael Alberti, entre otros, dedican estrofas a las mulas: El granadino escribió en El romancero gitano: “Se ven desde las barandas, / por el monte, monte, monte, / mulos y sombras de mulos / cargados de girasoles”.

El argentino estampó en Martín Fierro: “Cuando la mula recula / señal que quiere cosiar; / ansí se suele portar / aunque ella lo disimula, / recula como la mula / para mujer para olvidar”.

El español Alberti se refiere en La encerrada al que cuida las mulas: “El yegüero lo comenta / en las esquinas con el mulero”.

En este combo añado una, última: En guaraní, la mula es mburicá. El Dr. Miguel Ángel Pangrasio estampó en su libro “Arriero porte” una frase muy simpática: “Re ye acredita sêro nde conchavope e arrea Mburicá tropaicha” (Si quieres acreditarte en tu empleo debes empeñarte como el mulo).

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