Las ruinas de Caballero, aquel pueblo, hoy fantasmagórico, que acogía a los ingleses

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Un pueblo abandonado, Caballero, Paraguarí.

Nos parece apropiado el título, las ruinas del pueblo de Caballero. Restos, escombros, decadencia en esa parte del departamento de Paraguarí. Las matas del guapo´y, el higuerón, el devastador de casas, convirtiendo en desecho lo que habrá sido alguna vez una vivienda solariega, de gente fina, educada, de pudientes.

Casas y casas de Caballero arrasadas por el abandono. Eso vimos desde la carretera y nos detuvimos. Cámara en ristre anduvimos hacia ellas, hacia el abandono, las que ya son nada.

El tren ya no cruza por aquí pero cuando en aquellos tiempos iba y venía por estas comarcas el Caballero pueblo que enamoró al demiurgo Emiliano era otra cosa: floreciente, con sus cáfilas de carretas y berlinas que fluían entre el centro y la estación del ferrocarril, entre chiperas, alojeras y cagajones de caballos junto a los palenques de los corredores largos.

El tren que hacía de Caballero un pueblo unido a Asunción y Buenos Aires, pero también a Villarrica, Luque, Encarnación y ramales ferroviarios, hoy ya no está.

Gente rica era la de aquellos inicios del siglo XX en Caballero, con tiendas de primera, almacenes de ramos generales acopio de frutos del país. Eran años de cuando el judío León Ravinovich compró un extenso monte en la zona. Y mujeres bonitas, de familias modestas y de abolengo, tan bonitas como para que Emiliano R. Fernández escribiera “Caballero pueblo che pepó o mo peva / ikatuve´y va nde hegüi avevé”.

Pero hoy muchos echaron a volar del pueblo.

Muchas antiguas residencias hoy están en completo abandono y destrucción“No, no sé de quién es la casa, algunos dicen que era de un ingeniero que trabajaba en el ferrocarril”; habrán sido ingleses, decimos intentando una conversación, el joven de encoge de hombros.

Nos retiramos del negocio que atiende y observa con nosotros la casona vecina cuyas rejas del ventanal son sorteadas por la rama, ya gruesa, de un higuerón atrevido y perverso. Pensamos que el joven salió del negocio más por educación con nosotros, extraños, que por sorprenderse como nosotros ante tanto abandono.

Sentimos en su impasibilidad un poco de su desprecio hacia esa ruina, como que prefería que nada haya en el sitio donde están los muros, las puertas, las ventanas, el techo decadentes; “¿quiere entrar a sus habitaciones?, nos pregunta, impertérrito, y le respondemos que no. Nos despedimos y caminamos calles abajo, hacia la que fuera la estación.

Esta siesta perezosa sin más que nosotros como caminantes por estas calles de pasto, arenas y vacas, sorteando las bostas de estas, nos hacen suponer que la larga casa de hacia la izquierda habría sido algún hotel con un bar en uno de sus salones.

Nos arrimamos a ella.

Las ventanas están cerradas; pareciera que alguien vive aquí. Si fuera el bar quién sabe cuántos famosos pasajeros o sencillamente anónimos del tren tuvieron que haber ocupado sus mesas para comer presurosos o para hablar mal o bien de alguna persona o, sencillamente, para divagar con placidez mientras se aguardaba que alguien llegue en el próximo convoy.

Esa otra casa de la esquina pudo haber sido una tahona que llenaba de vedijas aromadas escapadas por la vieja chimenea.

Y esa otra casa – ¡qué manera de quebrantar el corazón! – que parecía ser una residencia, en plena diagonal, totalmente ganada por el guapo´y mañero que como reptil a su presa, se hizo de sus muros y de las tejavanas.

Detrás, los árboles frutales centenarios y los dos pozos de agua abandonados. La arboleda muestra en sus tallos heridos por los termiteros y sus ramas desfallecidas el cansancio en su vejez. Los brocales de las cisternas pueden desmoronarse de un momento a otro. Los achacosos mangos, el naranjero seco, muerto, fulminado por la cancrósis, la ovenia que se niega a marcharse de su vida vegetal.

¿Vino alguna vez Herminio Giménez a esta casa?, a lo mejor en aquel solariego patio, hoy apelechado, abatido, haya ejecutado el bandoneón para alegría de sus amigos o, quizás, para seducir a la niña más bonita de la residencia. Los artistas fueron así y seguirán siendo en Caballero, en Villarrica, Asunción y donde haya un sentimiento incapaz de decir sino a través del canto, del bandoneón, la guitarra, el arpa, el violín, o de un piano.

Quizás en la ventana de esta mansión, hoy arrasa por el abandono, Nereo Alvarenga, Chocho Alvarenga, Juan Torales y Aristides Valdez hayan llenado de música en aquellas madrugadas del verano caballerense.

Tiempos de bonanza y poder fueron aquellos de principios de siglo pero, también, de amenazas de revoluciones constantes. Años de poder de Cirilo Cardozo, Marcos Álvarez, Aniceto Ferreira, algunos de sus influyentes jefes políticos. Años de cuando José Gill atacaba a liberales, posteriores a los de cuando Albino Jara secuestraba trenes.

La educación no quedaba atrás.

Se licitaba por aquel 1912 la construcción de dos aulas en la escuela del pueblo sobre un plano aprobado por decreto en 1909. Los niños se instruían en la de aquí como en una de cualquier ciudad importante. Y los que fueron educados en aquellos tiempos ya no están, al menos en las casas que observamos, todas abandonadas, destruidas ante los ojos de propios y extraños sin que importe a nadie, ni a los dueños, los herederos, a la autoridad, extrañamente a nadie. Un pueblo de fantasmas en horas de sus siestas excesivamente holgadas.

Cuando el tren dejó de venir la gente se marchó hacia no se sabe dónde. Y también murieron, como los ingenieros ingleses mucho antes. Y Herminio Giménez, Aristídes Valdez, todos sus artistas de aquellos años de oro de Caballero. Y fueron desapareciendo, claro, los herederos.

Son cien años…

Y las casas, aquellas distinguidas, de las que en sus salas sonaban en las media mañanas y en las tardecitas cuando el cielo se tiñe de rojo, los acordes de algún piano alemán, mientras los varones, vestidos de traje y sombrero, caminaban o cabalgaban por sus calles retornando y; las damas, amparadas en recatos a toda prueba, ocupaban sus zaguanes, las sombras de sus parraleras, de sus mangos y ovenias a la espera de aquellas noches únicas, románticas, a pura luz de luna, estrellas y luciérnagas, a puro canto de grillos, sapos y ranas.

Y esas casas hoy son apenas las que, angustiados, observamos: unas ruinas, con las mismas sensaciones, acaso, de las de Honoré de Balzac que les hicieron escribir sobre aquellas de su “Eugenia Grandet”: “fantasmagóricas, lúgubres y siniestras lugares”.

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