El dorado está en el sur, en un pueblo llamado Cerrito

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El río Paraná en Cerrito, donde los peces nunca terminan.

Pueden ser ricos, muy ricos, pero son pobres, muy pobres, de solemnidad insondable. Tienen la “fábrica” de dinero más benigna que se puedan imaginar, el río Paraná, pero ahí están sobrellevando miserias. Nos referimos a los 6.000 habitantes de Cerrito, en Ñeembucú, separados del resto del país por humedades y unidos (es una forma de decir) a Pilar por un camino antiquísimo de 120 kilómetros. La riqueza de la zona es la gran cantidad de pescado, especialmente el dorado, que abunda en sus aguas.

No es fácil llegar hasta allí desde las riberas del Río Paraguay, desde Pilar, excepto que se tenga a manos un buen vehículo 4 x 4 y que los esteros no estén crecidos. Solo tres veces por semana un viejo ómnibus propiedad de un vecino hace el servicio de transporte de pasajeros.

Ante semejante lejanía y abandono por parte del Estado, los cerriteños (o cerritenses) cruzan el Paraná en lanchas y llegan a un pueblo correntino llamado Yaha pé de donde se surten de comestibles, medicamentos, etc.

Y uno que llega desde la capital tras el ajetreado viaje hasta estas altas riberas del Paraná se pregunta cómo es posible que haya pobreza si el río produce pacú, dorado, boga, surubí y otras especies de río más grandes que la propia mentira de los pescadores.

En Cerrito dos asociaciones de pescadores que nuclean a unas 500 personas, muchos de ellos ocupan las riberas del río donde instalan sus casitas que cuentan con los servicios básicos, incluso en algunos con antenas parabólicas para ver televisión. Extraen los peces, venden, recaudan unos cuantos guaraníes y no van para más.

Preguntamos en la casa de una familia asentada en la costa, la de los González Ivaldi, si el río tiene muchos peces y responde la esposa del pescador, en broma, que allí los peces se ofrecen en las orillas para que sean capturados; “sí, etaitereí oi”, dice. Y la preguntamos a quiénes venden y responde que a los que vienen, a los vecinos, algunos son macateros y que los argentinos y brasileños son los que sacan provecho de la riqueza.

Las dos asociaciones carecen de lo mínimo para intentar ventas a escala creciente y sostenida. Nadie les asesora, nadie les marca rumbos comerciales, ni las autoridades locales, departamentales ni nacionales, ni los que puedan estar interesados en negocios. Son cinco mil paraguayos con una mano atrás y otra adelante pero sentados sobre una mina de oro sin saber qué hacer con la riqueza.

Es curioso y uno dirá que es todo mentira. Vean: un kilo de dorado cuesta en Cerrito 18.000 guaraníes y esta especie ictícola es abundante, ¿Cuánto cuesta el dorado en Asunción?, en Ciudad del Este se paga hasta 100.000 guaraníes por kilo.

¿Pueden ser ricos los cerritenses mediante la explotación de su potencial acuícola?; desde luego, ¿cómo es posible que no se explote esta cantera alimentaria?

Se puede ser rico con la pesca en Cerrito. Desde luego, cuidando celosamente de la reproducción de los peces y del mismo río.

Pero la mayoría trabaja en la chacra, como Ceferino Bogado y su esposa Liduvina Viveros, de Costa í, compañía a tres kilómetros de Cerrito.

Ellos producen caña dulce y fabrican miel, maní, maíz mandioca, de la que fabrican almidón y tienen vacas que de ordeñarlas Liduvina tiene una enormes manos, callosas.

De las 40 hectáreas que ocupan, y que en un lado linda con el Estero Manantial, 10 hectáreas están reforestadas con curupa´y y cinco hectáreas es pura chacra. Casi toda la producción de la capuera es para el consumo en la casa. Ceferino y Liduvina tienen siete hijos y 10 nietos.

Cerrito tiene varias compañías, a propósito: A más de Costa í están San Salvador, Paso Tajy, Franco Ñu, Curuzú Avá, Isla Ro´y, Potrerito, Potrero Villalba, Tacuruty, Zanja Ruguá, Villa í, Cerro Ñu y Potrero Saná. Sus barrios son Norte, Obrero, Central y Sur donde viven 6.000 personas. La mayor parte de la producción es para el consumo en las familias.

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