Don Hilario, el de los vinos caseros, naturales y famosos, de Santa Rosa

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Don Hilario Abich, entre botellas de plástico y damajuanas, los envases de sus vinos caseros.

Lo suyo sabe a uvas, a las blancas y negras de su patio, de la antigua parralera tendida entre la casa y el manantial protegido por los árboles.  Sus conocimientos enológicos son los heredados de sus antepasados alemanes que elaboraban el vino, sabiduría aplicada solo para el disfrute en su mesa y para darse el gusto de que sus amigos caten lo que con simplicidad y campechanía produce en el modesto cuarto de madera, su bodega.

En Santa Rosa del Monday todos saben que don Hilario Abich (72) produce vino toda la vida pero que no vende sino lo cría para consumirlo en casa y – pensamos, mientras le entrevistábamos –  para mantener la tradición de sus antepasados inmigrantes alemanes en Brasil.

Su vino es como para saborear con los ojos y las papilas olfativas antes de llevarlo a consideración de las gustativas.

Una copa de la sangre de las frutas de su viña es carimbo de lo que la tierra le da en su patria adoptiva, es el plasma de sus bosques, de la historia que tejió con Seli, su mujer; su vino, ese caldo que fermenta, silente y discreto, en la cisterna del modesto silo de madera.

Hilario, el agricultor vinero de la Santa Rosa fecunda, el de las seis tinajas con el agua convertida en vino como en la Galilea bíblica.

Un hombre callado, como la transformación de la fruta en la bebida antigua; un hombre fiel al rito del campesino alemán de preparar su propio vino para el disfrute en casa y para que el visitante, con una copa en manos, sienta el aroma de las frutas maduras, la sombra de la parralera, el zumbido de las abejas que, arrebatadas, buscan embriagarse con el azúcar de los cargados racimos y, la acogedora amistad que sabe brindar un descendiente de aquellos que, cuévanos en manos, cosechaban las mejores uvas con las que en las riberas del Rin elaboraban el mejor tinto de los tintos y el más exquisito de los blancos.

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