Tractores de medio siglo, armas menonitas para la paz

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Un antiguo tractor John Deere en las colonias menonitas del Chaco paraguayo.

El Chaco se hizo paraguayo a fuerza de fusiles, primero y; de tractores, después. Los fusiles y machetes de los soldados compatriotas y; los caballos, bueyes y tractores de los colonos menonitas permiten que la bandera paraguaya flamee esbelta en aquellas lejanía.

Sangre y sudores costó ganar aquel territorio que todos querían despojan a Paraguay. Treinta mil murieron en las trincheras, también miles de inmigrantes fueron derrotados por la sequía y los mosquitos hasta llegar a lo que es hoy el Chaco Central, un vergel.

En la guerra y en la paz los colonos venidos de Rusia, Canadá y Alemania produjeron con ahínco, incluso para alimentar a los soldados paraguayos durante la contienda de 1932 a 1935.

Nadie comenzó trabajando la tierra con los mejores tractores. Todo fue a mano, desde tirar el arado de una reja a ponerse al mando del arado a mancera. Los surcos se abrieron en la tierra seca a fuerza de hombres y animales hasta que vinieron los primeros tractores, las joyas de los productores venidos de lejos.

Algunas máquinas compradas nuevas décadas atrás todavía funcionan y todo hace suponer que seguirán roncando en las chacras chaqueñas porque si bien algunas gotas de aceite se les escapan, todavía tienen para rato.

Sentado en el pescante del propulsor, el menonita hizo crecer Neuland, Filadelfia, Loma Plata y las demás colonias y que hoy son ciudades de primer mundo.

Estos tractores permitieron que en las mesas paraguayas hoy se tengan los lácteos de sus tambos y los mejores cortes de carne para el disfrute no solo de paraguayos sino también de los exigentes consumidores extranjeros.

Solo quién manejó las viejas máquinas, esas que todavía siguen roncando en capueras chaqueñas, puede apreciar en su medida justa el esfuerzo extraordinario que tuvieron que poner los primeros inmigrantes para ganar al bravo Chaco.

Las ciudades del Chaco Central, felizmente, cuentan con buenos hoteles para todos aquellos que deseen visitarlas y ver andar – mejor, producir – aquellos tractores (con más de 50 años, varios) echando humo mientras ruge tirando enormes rastras de hierro, igualmente viejas pero siempre útiles.

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