En los confines del Chaco, un lugar llamado Puerto Leda

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Puerto Leda, desde la terraza de su edificio principal.

(Por Efraín Martínez Cuevas)

Fui semanas atrás a un lejano lugar llamado Puerto Leda, distante  unos 770 kilómetros al norte de Asunción, en el Alto Paraguay, ya en la zona de El Pantanal. Aquí me pongo a contarles lo que vi y la reflexión que me produjo.

Allí me encontré con personas que saludan con reverencia y que cuando hablan sonríen. Muchas banderas paraguayas flameaban sobre los postes del establecimiento.

La excusa fue la siembra de alevines de pacú al río Paraguay pero para mí lo más importante es el todo que realizan allí, ese todo que, más que los fusiles de un fortín, defiende  la soberanía de la nación en pleno pantanal.

El puerto está sobre el río como un cabo, un lugar desértico pero emblemático de la comarca, pura agua y faunas propias de los humedades.

Abandonado el lugar por la civilización de los hombres hasta por el año 2000 llegaron sus primeros ocupantes, unos japoneses, intrépidos por cierto, que se acomodaron en esas soledades donde reina la naturaleza en su estado virginal.

Las tierras, nos cuentan antiguos pilotos aviadores acostumbrados a aterrizar y decolar en las pocas pistas cortas de los ganaderos de la región, eran inicialmente del estanciero Abderrada Yambay que ante el interés de un señor que no se dejó amilanar por su fama en el mundo, Sun Myum Moon, el creador de la Iglesia de la Unificación, alquiló algún rústico albergue de aquel litoral para ponerse a buscar durante tres meses la tierra a ser adquirida.

La idea, escuché en Puerto Leda, que anima a la gente del lugar es responder a los designios de Dios en el sentido de ayudar al fortalecimiento de la humanidad, hacerla feliz, secundarla para que nada le falte, sobre todo el alimento.

Antes de llegar a Puerto Leda me sacudía la duda sobre si qué gana esa gente (nucleada en la llamada Fundación para el Desarrollo sustentable en las Américas del Norte y del Sur) echando alevines, por miles, al Río Paraguay que está a expensa de todos los pescadores. Luego me enteraría que esa es la idea, que haya siempre muchos peces para que, primero los indígenas, los tengan a su alcance, para que todos tengan qué comer.

Y para que el mundo disponga más alimentos  la organización ya invirtió mucho dinero. El dato que me pasaron son 5.000.000 de dólares invertidos desde el principio. Al visitar Puerto Leda dudé que todo cuanto vi deba ser solo de la inversión de esa suma. Creo que debe haber sido con más dinero. Quizás la cifra sea algo desfasada, me dije.

Sin las estructuras montadas no hay ser humano, excepto los chamacocos de la zona, que aguante las penurias creadas por el desierto. Los mosquitos no son cien, son miles de millones que atacan día y noche; toda infraestructura no solo debe ser capaz de soportar los vientos, las inundaciones, el avance de los reptiles sino también a los mosquitos como a toda alimaña que convive en su hábitat insondable.

Entonces pensé si por qué algunas voces se alzan contra la Secta Moon, que de ella se trata, cuando que en sus ideales no figuran ni el acaparamiento de tierras ni de monopolios de tarea alguna ni de guetos de gente atrapada ni de monasterios infranqueables.

Puerto Leda es una suerte de comando general del reverendo Moon para la producción de alimentos para el mundo, un paraje litoraleño donde la egoísta intención mercantilista no posa sus plantas sino la de aquellos que con criterio empresarial hacen eso que la humanidad necesita a diario, comida en abundancia, a partir del cuidado que se brinde a la naturaleza.

Vi algunas personas conocidas invitadas como yo en el acto convocado por la fundación para la siembra de los alevines. Quiero pensar que también ellos se llevaron mi misma sorpresa al presenciar ese reino nuevo en el reino eterno de esa naturaleza norteña. El “esto es increíble” se leía en los rostros de cada uno de los que fueron descendiendo de los seis aviones que aterrizaron en la pista a orillas del Pantanal.

Me escapé del grupo y recorrí sus instalaciones de hermosas construcciones, cada lugar equipado con todo lo necesario para hacer frente a las exigencias de la creación en su estado puro. Antenas altas para comunicarse. Con energía eléctrica proveía por la ANDE pero, por las dudas, el enorme generador eléctrico está ahí listo para rugir ni bien se corte el servicio del ente.

La pista de aterrizaje, impecable; los muros de contención en los alrededores, la comisaría, la casa de carpinchos, los dos sulkis techados junto al par de lanchas en el tinglado, detrás del generador eléctrico. Por lo visto hace un tiempo que no usan los carros porque vi que sus cubiertas de goma estaban desinfladas. Y la orilla del río, donde en el silencio se oye hasta la lánguida oleada creada por el viento.

El guardia de seguridad nos dice que así aparente paz en estas comarcas, los abigeos hacen de las suyas, también los depredadores de peces que con espineles y redes, hasta con bombas, revientan la riqueza ictícola de El Pantanal.

Un señor importante de la Fundación, de origen japonés, me dijo que los reptiles son partes de Puerto Leda; “el otro día casi pisé un yacaré bebé que andaba entre las casas”, me comentó. El señor habló luego en el acto preparado especialmente para esta ocasión.

Al volver a casa, en el vuelo, pensé que lo de la siembra de alevines es apenas la punta del iceberg. Fueron miles y miles de peces depositados al puro pantanal para que crezcan y se multipliquen. Vine pensando que la Fundación del reverendo Moon merece una opinión menos violenta, más realista y humana, menos desdeñada.

Vine pensando que ellos sí se entregan entero a trabajar desde una organización religiosa para que no falte alimentos en el mundo, así todo lo que hagan siempre sea insuficiente.

Retorné a casa inspirado en la gran tarea de un puñado de personas y, liberado de un prejuicio contra la Secta Moon que intenta destruir su humanitaria quijotesca labor.  Volví a casa en paz.

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