De camino real a la avenida más importante de Asunción

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Avenida Aviadores del Chaco, Asunción.

(Por Efraín Martínez Cuevas)

Digamos que era un largo paso, un sendero trazado entre manantiales. Los vestigios de la capa asfáltica colocada por aquella compañía norteamericana de aviación todavía daban el toque, digamos, de modernidad al histórico camino asunceno.

Raleadas villas, casonas de tamberos, viviendas grandes, moradas de familias ricas en un sector amplio y; de empleados, en las nuevas viviendas populares de la urbanización nueva.

1962.

El taxi colectivo tipo kombi de la línea 34 emerge de entre las fontanas y el lodo de la ancha calle que conecta a la escuela Ignacio Iturbe con el barrio Cerro Corá. Venía lleno (quince pasajeros), Estuve entre los viajantes.

En el habitáculo de hojalata tres señores viajaban parados. Bueno, lo de “parados” es una forma de decir, casi doblados, liados como cigarro, agachados haciendo ángulo de 90 grados respecto al techo y las dos pequeñas puertas de ascenso y descenso.

Oficinistas, un par de obreros, otras tantas amas de casa que iban al Mercado Cuatro, estudiantes y unos señores currutacos formaban parte del pasaje.

Toma la estrecha y gastada cinta asfáltica y circulaba perezoso hacia el centro de Asunción.

El fresco de aquella mañana de noviembre ingresa a la atestada covacha rodante desde el parabrisa levantado al tope. Aroma de eucaliptos, de campos verdes, de agua limpia rumoreando a su paso hacia el Itay, allá, atrás, donde empieza Luque.

A la derecha las casitas blancas, todas idénticas, de Villa Victoria; a la izquierda los hontanares de Ykua Satí, y sus huertas y jardines, las chozas de adobe, carrizo, paja y tacuara, la fábrica de guitarras, el tambo de los Talavera y; de nuevo a la derecha, la vivienda del viejo Pedro Zuccolillo.

El culebreante camino se arropa de aire fresco, arboledas y de silencio.

En los costados, la paz; arriba, el cielo azul intenso anunciando el verano próximo de la Asunción casi colonial; al frente, el viento que ingresa abundante y; abajo, el angosto asfaltado que une a la casi agreste avenida España de la Manorá de otros tiempos y; la silente avenida San Martín con rumbo a la aristocrática Villa Morra.

Pasaron más de cincuenta años y el viejo camino real, hoy con el nombre que también empieza a peinar canas, cruza la ciudad nueva, la de los edificios grandes, los hoteles lujosos y de los centros comerciales del primer mundo.

Por sobre el asfaltado construido con el dinero de la antigua Pan American World Airways hoy vino la carga frenética del nuevo tráfico automotor asunceno.

Ya no es el camino real por la que marchaban las residentas huyendo de la capital amenazada por las fuerzas aliadas.

Tampoco el de los micros chiquitos, de los autos Impala y de los camiones Volvo, Ford y Bedford con carrozas de madera para el transporte de pasajeros hasta en el portabultos sobre el techo.

Hoy ya no está el portal dando bienvenidas a los visitantes a Villa Victoria.

Desaparecieron las casonas, las huertas y las casitas blancas de aquel barrio coqueto y pequeño de asalariados. El último en caer bajo el peso del cambio, la farmacia del legendario José Repka, vecina de la no menos recordaba vivienda del explosivo HDD, solo deja por vestigios los escaparates sucios y el cartel que deprime a los concurrían a esa farmacia: “Se vende”.

Las maquetas de tantos aviones que recuerdan el paso de la aviación paraguaya que Repka mandó colocar en el paseo central frente a su farmacia fueron colocados junto a uno de los portones del local de las Fuerzas Aéreas, en Luque.

El bulevar Aviadores del Chaco se sacude, ya no quiere ser el camino real de la Asunción colonial, ni el de los colectivos chiquitos sino la hermosa avenida de esta ciudad cosmopolita, de inversores construyendo casas muy altas, de autos lujosos ingresando a los shoppings, de semáforos inteligentes, de obras grandes aquí y allá pulverizando pobrezas; de esta Asunción, en fin, que se integra al Primer Mundo manteniendo sus colores originales, los de sus floridos lapachos.

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